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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
 

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

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Universo de El Búho

 

Junio de 2007

Peritaje * Registro de obras * Defensoría jurídica autoral

 

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* * * NUEVO * * *

Digitalización de documentos

 


Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

 

         

 

  Anales de la educación musical

 

La enseñanza musical en Argentina

Segunda parte

Julio Cësar García Canepa

 

BUENOS AIRES Y EL INTERIOR DEL PAÍS EN EL SIGLO XVII

Momento de organización y lucha, de sacrificio y esfuerzo para poder dominar un territorio difícil. La ciudad porteña -así se la llama por estos lares a la capital argentina- comenzaba a crecer lentamente; cuatrocientas casas de barro y techos de cañas, un pequeño fuerte, la catedral, el colegio jesuita, los conventos de los dominicos, recoletos y mercedarios, y un hospital. Unos mil habitantes -hacia 1620, año en el que Claudio Monteverdi deslumbraba desde San Marcos, en Venecia- completaban el panorama; nada más.

En un ámbito así, la música se constituía en un pasatiempo favorito. En general, no podemos hablar de la existencia de músicos de alto rango pero sí de aficionados voluntariosos y, en más de un caso, competentes. Las misiones estaban cumpliendo con su obra y en Buenos Aires era importante la actividad musical que se producía en la catedral. Los centros de educación para el aprendizaje de la música estaban ubicados alrededor de las comunas religiosas y también existían algunos casos aislados de músicos profesionales -o no tanto- que se dedicaban a la enseñanza particular o personalizada.

Dentro del espectro musical porteño durante el siglo XVII, la figura sobresaliente fue el organista Juan Vizcaíno de Agüero, músico criollo nacido en el Tucumán quizá en 1606, descendiente directo de los conquistadores de esa zona. Después de tomar los hábitos menores y estudiar -entre otras disciplinas- música, ingresó en la catedral de Buenos Aires como organista y maestro de coro cumpliendo una labor que fue muy destacada por todos. Dedicado a la enseñanza, dejó buenos discípulos, entre ellos Juan Cáceres y Ulloa -nacido en Buenos Aires-, un muy buen músico que sucedió a su maestro en los destinos musicales de la catedral.

También merece especial mención Pedro Carranza, quien no sólo fue el primer obispo de Buenos Aires sino que, además, hizo instalar en 1622 el órgano en la catedral, hecho trascendente que permitió formar instrumentistas y cantantes.

Hacia fines del siglo XVII se podían comprobar en Buenos Aires los primeros frutos de las enseñanzas musicales en la misiones jesuitas: una orquesta y un coro integrados por esclavos de raza negra se escuchaban con frecuencia en el Colegio de los Jesuitas en Buenos Aires; aquellos negritos retornaban a la ciudad para desarrollar su trabajo específico de cantantes e instrumentistas, tanto en las ceremonias religiosas como en los momentos de entretenimiento -con danza incluída-, e impartir ellos mismos la enseñanza a sus pares.

Simultáneamente existía una actividad musical propia de la clase aristocrática y de la gente del pueblo; en las casas de familia se realizaban reuniones que servían para la distracción y la calle misma muchas veces era foco de difusión del arte musical. Y detrás de todo ese movimiento siempre había algún maestro de música impartiendo sus enseñanzas, las que eran debidamente aprovechadas por todos.

Mientras tanto, las ciudades y pueblos del interior del país iban conformando su propio esquema mediante un desarrollo pausado y progresivo. Tal como ocurría en Buenos Aires, la música estaba siempre presente y, al margen de los jesuitas, había todo un surgimiento importante que se movilizaba en torno a las catedrales, colegios y universidades.

Importante fue la actividad realizada en torno a la catedral de la provincia de Santiago del Estero, lugar que contaba con un órgano instalado en 1585. En la primera mitad del siglo XVII se formó allí el músico Cosme del Campo -también sacerdote e historiador-, santiagueño y descendiente al igual que Vizcaíno de Agüero de aquellos conquistadores de la zona del Tucumán. Del Campo fue cantante e instrumentista y trabajó intensamente en la catedral de Santiago hasta su muerte, ocurrida en 1660.

Otro centro de trascendencia fue la provincia de Córdoba, sitio que presentó rasgos muy particulares. Fue la ciudad intelectual por excelencia durante el siglo XVII y parte del XVIII y existieron motivos para que así ocurriese: el otorgamiento en 1622 del rango universitario al Colegio Máximo de la Compañía de Jesús (recién en 1800 fue secularizada con el título de Real Universidad de San Carlos) y la creación, en 1867, del Colegio Real Seminario Convictorio de Nuestra Señora de Montserrat.

Ambos se constituyeron en focos de elevada cultura que formaron alumnos de notables cualidades humanísticas. A su lado se expandió una inclinación muy marcada hacia la música, el canto y la danza; la práctica musical religiosa era esencial y había una manifiesta tendencia al canto coral.

 

EL SIGLO XVIII: PASO HACIA EL FUTURO

Después de un siglo XVII que obligó a los habitantes de estas tierras a preocuparse en forma exclusiva por subsistir diariamente y asegurar su permanencia en un lugar no demasiado favorable, el siglo XVIII se presentó bajo condiciones muy diferentes. En Buenos Aires, los porteños enfrentaron con fuerza y entusiasmo todos los contratiempos y la ciudad comenzó a crecer sostenidamente y con mucho ímpetu. Se había penetrado en un período de desarrollo y ello afectó a todos los aspectos que caracterizan a una población importante: educación, cultura, bienestar. El número de pobladores aumentó; llegaron nuevas gentes y mientras en Europa, Haydn y Mozart creaban con intensidad y Beethoven era un niño de seis años de edad que esforzadamente iniciaba su aprendizaje musical, el rey Carlos II tomaba la decisión de implantar el Virreinato del Río de la Plata; era agosto de 1776 y Buenos Aires se transformaba en la capital de tan imponente territorio.

La radicación de familias enteras y la llegada de funcionarios, científicos, religiosos, militares de alta graduación, artistas y educadores comenzaron a darle a esta tierra otra fisonomía. Entre 1776 y 1778, la población de Buenos Aires creció de 24,205 a 32,100 habitantes entre blancos, negros, mulatos, indios y mestizos. Sobre la base de este dato es simple deducir que la actividad musical se constituyó en un factor aglutinante de considerable impacto.

Si nos centramos en Buenos Aires, es de destacar y ponderar su vida musical en todos sus aspectos, desde el entretenimiento hasta la educación. Los salones aristocráticos -o porteños- reunían a grupos de amigos que acostumbraban juntarse para conversar o pasar el tiempo agradablemente ejecutando instrumentos, bailando, cantando o escuchando música. Los instrumentos preferidos eran el clave, la flauta y el violín y la música que se practicaba pertenecía a compositores como Pergolesi, Stamitz, Haydn y Boccherini.

Una de las residencias más concurridas era la de Juan Antonio Lezica. Allí cumplía funciones como músico el llamado Indio Ortiz -cuyo nombre real era Cristóbal Pirioby-, quien había nacido en la reducción jesuítica de San Carlos, en Misiones, en 1764. Al parecer, su labor en Buenos Aires fue trascendente y desde su llegada se constituyó en un personaje de atracción. Comenzó como luthier -para lo cual instaló un taller- y sin abandonar esta tarea se transformó en maestro de música enseñando clave, espineta, violín y guitarra. Casi podría afirmarse que fue el gran maestro de música que tuvo Buenos Aires hacia fines del siglo XVIII: respetable formación -obtenida de los jesuitas-, excelentes cualidades personales y hasta una buena posición económica que le permitió -según cuentan las crónicas de la época- vestir correctamente, tener un caballo e, incluso, un criado conocido como el negro Roque.

El Indio Ortiz falleció en 1794, a los treinta años, después de ser tratado de una enfermedad incurable por el Dr. Cosme Argerich. Dejó una variada colección de instrumentos y música de numerosos compositores (Haydn, Boccherini, Clementi y Cristóbal Morales, entre otros) junto a obras sin firma (minués, contradanzas, etc.) que según el historiador Vicente Gesualdo (Historia de la Música en la Argentina, Editorial Beta S.R.L.) podrían ser de autoría del propio Ortiz.

Ortiz no fue el único educador musical que tuvo Buenos Aires en el siglo XVIII, período que podríamos extender hasta comienzos de la centuria siguiente. En el mismo año del nacimiento de Beethoven -1770-, el español Juan Bautista Goiburu llegó a Buenos Aires por consejo de un pariente suyo, Pedro Ignacio Picasarri, deán de la catedral. Goiburu tenía sólo 11 años de edad, ingresó a la catedral como cantante y luego inició sus estudios organísticos y eclesiásticos.

Con el tiempo, Goiburu se transformó no sólo en un eximio organista sino, además, en un sobresaliente maestro. Enseñó canto en el Real Colegio de San Carlos -hoy Colegio Nacional de Buenos Aires- y fue discípulo suyo José Antonio Picasarri, sobrino del anterior, futuro presbítero y a quien debe mencionarse porque estaría ligado profundamente a las actividades musicales porteñas.

Goiburu falleció en 1813 después de dedicarle a la catedral nada menos que 28 años de aporte y orientación musical. Al lado de los nombres del Indio Ortiz y de Goiburu pueden mencionarse otros, ligados a la enseñanza musical como es el caso del italiano Feliciano Jerónimo Faa, el francés Jean Hericourt, el músico indio conocido simplemente como Félix, "el violinista", el músico y cacique indio -de Yapeyú- Ignacio Azurica -pedido a los jesuitas por Goiburu para que desempeñara tareas de violinista y maestro en la catedral-, el violinista negro conocido como Josesito -quien llegó a tocar obras de Corelli ante las autoridades del Cabildo-, el español Jerónimo Clarach -maestro de flauta e integrante de la orquesta del célebre Teatro de la Ranchería, centro de difusión que cumplió una notable labor con más de mil representaciones entre comedias, tonadillas escénicas, sainetes, zarzuelas y conciertos durante sus nueve años de actividad hasta que un incendio lo destruyó por completo- y el español José Zambrana, doctorado en Córdoba, autor de un libro sobre canto litúrgico aprobado un siglo después por el Papa Pío X, adicto a la Revolución de Mayo y capellán en las Islas Malvinas.

En síntesis, si bien la enseñanza de la música estaba circunscrita en esta época a la actividad personal y a lugares muy concretos como podían serlo los centros educativos y religiosos, poco a poco se iban creando las condiciones para una educación institucionalizada y sistemática a la que iremos llegando paulatinamente.

 


JULIO CÉSAR GARCÍA CANEPA

Originario de Buenos Aires, Argentina. Pianista, compositor y director de orquesta. Regente interino del Conservatorio Nacional Superior de Música "Carlos López Buchardo" de Argentina. Catedrático del Conservatorio Nacional, del Conservatorio Superior de Música "Manuel de Falla" y del Instituto Superior de Música "Santa Ana" de las materias de Acústica y Organología, Historia y Estética de la Música, Música de Cámara y Rítmica Contemporánea. En 1985 fue estrenada en el Carnegie Hall de Nueva York su obra pianística Momentos

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