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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
 

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

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Universo de El Búho

 

Junio de 2007

Peritaje * Registro de obras * Defensoría jurídica autoral

 

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* * * NUEVO * * *

Digitalización de documentos

 


Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

 

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  Melomanía

 

Giacomo Facco en la familia

René Avilés Fabila

 

Aunque resulta pedante, repito lo que he dicho en otros momentos: nací en medio de la música que solemos llamar clásica. A mi padre le gustaba y, según contaba mi madre, desde muy pequeño me hacía escuchar autores que estaban muy en boga o que al menos a mi papá le gustaban: Debussy, Grieg, Sibelius y Ravel.

Giacomo Facco (1676-1753

El matrimonio duró menos que un instante, de esa relación sólo tengo tres o cuatro recuerdos claros, los demás son imprecisos, borrosos. Ya instalado donde pasaría más de veinte años, en el seno de mi familia materna, a mis tías Esther y Nohemí (Teté y Mimí) les gustaba la ópera, quizá por la influencia de otra tía más distante: Betty. De esas tres sólo la última tuvo éxito: aún la veo en el Palacio de las Bellas Artes. Teté se casó con un cantante (barítono) y ambos se dedicaron a la docencia primero como apoyo de Fanny Anitúa y luego en la Escuela Nacional Preparatoria. De tal suerte que si escuché música popular, tríos y mariachis, fue, en mi caso, puro accidente.

Cuando llegué al bachillerato, Escuela Nacional Preparatoria, plantel diurno número 7, situado en Licenciado Verdad y Guatemala, uno de mis maestros, el de estética, Ramón Vargas, un hombre agudo y de singular talento, solía poner ejemplos musicales. Alguna vez nos hizo escuchar completa Scherezada y le pidió al grupo nuestra opinión. Se trataba de ver que el sentimentalismo nada tenía que ver con la estética. Yo, que tenía una idea al respecto, me limité a dar mi opinión sobre la obra de Korsakov. Pero mi mayor sorpresa fue descubrir que mi maestro de italiano iba a ser mi propio tío, Uberto Zanolli, un hombre excepcional que había venido a México donde se casó con Betty Fabila. Al maestro Zanolli (siempre le dije maestro), lo conocía por su matrimonio, allí lo vi y más adelante volví a encontrarlo en alguna de las escasas reuniones que mi familia tenía con esa otra rama Fabila. Era un hombre distinguido, elegante en extremo y bien parecido, de una amplia cultura. Simpático y buen profesor, añadiría luego de ser su alumno.

La relación profesor-alumno duró un año, nunca faltaba a sus clases, las que por cierto también tomaba mi novia Rosario. Era un gusto escuchar su fina clase, sus comentarios y ejemplos que por regla general estaban apoyados por la música, su gran pasión. De pronto, en alguna clase, se dirigió a mí: René, ¿a usted le gusta la música? Claro, maestro. Mis investigaciones, siguió como si no le hubiera respondido, me han hecho descubrir a un músico sorprendente: Facco. Algo más me dijo sobre cómo descubrió al notable músico véneto en los viejos archivos de Las Vizcaínas, y me citó en el soberbio castillo de Chapultepec, lugar donde dirigiría por vez primera en México, obra de ese fascinante músico hasta entonces desconocido. Más adelante, en 1965, mi tío publicaría un libro, Giacomo Facco, maestro de reyes, narrando cómo fue el descubrimiento o mejor dicho el redescubrimiento del músico. Allí cuenta paso a paso su hallazgo y lo pone también en la prosa de Carlo Coccioli. Un médico, Luis Vargas y Vargas, halla el paquete conteniendo doce conciertos de Facco, se lo hace conocer a Gonzalo Obregón y finalmente ambos ponen en manos de Uberto Zanolli los papeles para que realice una investigación en México y en Italia en busca de la identidad y la obra completa del músico. En honor a la verdad, el libro de mi tío se deja leer sin que el interés decaiga, no sólo por que sabía escribir sino porque hace el recuento de su investigación prácticamente detectivesca para recuperar a Giacomo Facco. Lo curioso es que Zanolli llegó a compenetrarse de tal forma con Facco que -como dice Carlo Coccioli- “ya Facco y Uberto Zanolli no son sino una sola y única cosa; y arden de entusiasmo. Zanolli elabora completamente las viejas partituras de Facco...” Es cierto, mis nostalgias me llevan a esa misma conclusión: el nombre de Facco va ligado de manera íntima al de Zanolli, pues él es quien busca y encuentra la mayoría de los trabajos perdidos: si los primeros se deben al azar, los demás al talento y afanes de mi tío.

Nuestro último encuentro fue en 1985, cuando yo estaba en la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM y él dirigía la Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria. En la conversación le pregunté por Antonio Salieri y me dio una clase sobre la obra y la vida del músico que tantos suponen un envidioso sin mayor talento. Era un músico notable, concluyó Zanolli. Luego supe de su muerte por los periódicos. Por fortuna, mi tío no sólo dejó bien documentado el descubrimiento de Facco, también su intensa participación en lo que es una hazaña: reponer los acordes perdidos y organizar la música, también grabó, entre otras obras, el Concierto IX para violín, órgano y arcos, con la violinista Luz Vernova como solista y una cantata, Clori, con su esposa, Betty Fabila.

A mí me gusta vivir de recuerdos y a veces creo que todo tiempo pasado fue mejor y entonces saco de un cofre la imagen de mi tío Uberto Zanolli hablándonos con voz cálida de Italia, de la música italiana, de Facco, por supuesto, mientras un grupo de preparatorianos atento lo escucha. Y a mí, en lo privado, hablándome de su amor por mi tía Betty.

Fue en el añoso castillo de Chapultepec, en 1962, donde Giacomo Facco volvió a la vida musicalmente dirigido por Uberto Zanolli. De nuevo se escucharon sus notas. Es probable que muertos ambos, la brillantez de la música de Facco no vuelva a tener el brillo y la pasión que ambos autores supieron imprimirle. Uno era el creador, el otro quien había hecho el milagro de resucitarlo de entre los muertos.

Fragmento de Recordanzas, tercer tomo del volumen autobiográfico del autor, de próxima aparición.

 


RENÉ AVILÉS FABILA

Escritor. Profesor de tiempo completo en la Universidad Autónoma Metropolitana y catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAMEditorialista de diversos periódicos y revistas de circulación nacional. Premio Nacional de Periodismo del Gobierno de la República (1991). Miembro del Sistema Nacional de Creadores. Autor de una vasta producción literaria, entre cuyas obras destacan Hacia el fin del mundo, El gran solitario de Palacio, Tantadel y Réquiem por un suicida.

ravilesf@prodigy.net.mx

 

conservatorianos@hotmail.com