Inicio     Clima

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
   
  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
 

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

Sugiere un sitio

 

 

Universo de El Búho

 

Junio de 2007

Peritaje * Registro de obras * Defensoría jurídica autoral

 

Arte y Cultura Digital: Diseño editorial * Multimedios * Web * Hospedaje * Registro de derechos de autor y marcas

 

* * * NUEVO * * *

Digitalización de documentos

 


Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

 

         

 
  Realidades y perspectivas

 

¡Más música, Maestro!

Arte, música, silencio y ruido

 

Hugo Fernández de Castro

EL SILENCIO Y LAS CARRETERAS

El silencio -excepto los ruidos generados por los fenómenos físicos y los elementos abióticos- que reina en el ambiente natural es algo tan real y consubstancial a la naturaleza, al hombre o a los otros seres vivos que, cuando el estruendo mecánico o artificial generado por el ser humano atruena el espacio, éste se siente incómodo o fastidiado por la alteración de la quietud que es propicia a la reflexión, a la creación o a la contemplación.

El paisaje o el panorama de un bosque, las montañas y los cerros o un valle, un río, el mar, un lago o laguna y el desierto, arroban el alma y el espíritu y no dan tregua al afán de los ojos y mente por captar el espectáculo y luego, en silencio, generar pensamientos íntimos y reflexiones y producir satisfacción.

¡Ah, pero si a algún comerciante, político o industrial se le pega la gana hacer propaganda de los bienes o servicios que fabrica o expende, crea una interrupción artificial y un obstáculo para la contemplación y la reflexión con los anuncios que planta en la carretera o en otros sitios naturales, ultrajando abusivamente la visión y consiguiendo que todo se venga abajo, excepto su propaganda!

Por eso los anuncios en el ambiente rural, lacustre, marítimo, serrano o desértico son algo similar a los sonidos ruidosos y molestos que producen los tocadiscos, altavoces, radios, televisiones o tocacintas que contaminan el ambiente con su ruido en lugares públicos.

En ambos casos, el ser humano que tiene la desgracia de padecerlos no pidió tales estímulos sonoros u ópticos: ni a esa hora, ni en ese lugar, ni de ese tipo, calidad e intensidad.

El silencio y la ausencia de letreros son lo natural y debe respetarse: a nadie le hace daño no percibir ruido ni parar mientes en las estrategias de la comercialización contemporánea.

En cambio, en su ambiente privado, el ser humano tiene libertad total para generar -sólo para sí mismo y no para otros- todo el ruido que se le pegue la gana, igual que nadie le impedirá que las ventanas, puertas, paredes, techos, pisos y hasta muebles de su hogar sean cubiertos por la propaganda que sea de su agrado.

 

EL RUIDO, ES YA EL AMBIENTE NATURAL EN LA CIUDAD DE MÉXICO

En contra de la recomendación de la Organización Mundial de la Salud, que ha establecido como límite 65 decibeles, en la ciudad de México y en otras poblaciones mexicanas nadie está ya a salvo de oír ruidos superiores a los 100 decibeles y a todas horas del día o de la noche, pues hay sistemas de sonido instalados en todos los comercios para que el cliente oiga lo que al operario o dependiente del comercio se le ocurre que es lo adecuado.

Así es entonces como carece de quietud e intimidad la gente que va al almacén, cine, librería, restaurante, supermercado, teatro, tienda o cualquier otro lugar. En todo momento y con mucha intensidad, está obligada a permanecer en el lugar donde hace las compras, come, bebe, hojea libros para seleccionar el que busca o se divierte y, al mismo tiempo, oír el ruido infame que le han escogido y que no ha pedido.

Y ¡el acabose! También en los ascensores y en los excusados o lavabos públicos hay bocinas vomitando o excretando ruido a toda hora.

Pero si usted, señor lector de CONSERVATORIANOS, cree que el horror para ahí, se equivoca: en el transporte público, sea camión (autobús), metro, taxi, tranvía (en México, cursi, ridícula y pomposamente lo llaman tren ligero)o trolebús, también hay ruido o música, si usted piadosamente quiere llamarle así al estruendo que sale de las bocinas. Y si va en su automóvil, los de los vecinos -con las ventanillas abiertas- también llevan por las calles sus radios o tocacintas prendidos y sonando a toda intensidad.

En los restaurantes hay un factor agregado a las bocinas con la dizque música, que agrava el estrépito y contamina o corrompe más todavía el ambiente ya viciado de por sí con los sonidos generados por la conversación de los parroquianos, los vehículos que pasan afuera y por los platos, cubiertos, tazas y vasos que chocan cuando son manejados o transportados De todo sólo queda un rumor estruendoso y molesto producido por los tambores percusivos o los gritos destemplados de la «cantatroz» o cantante y... ¡la gente no protesta ni se inconforma y, quizás, ni siquiera perciba nada de lo que sucede!

Le da igual, porque ya se acostumbró al ruido y a la falsificación del arte o nunca ha sabido apreciar este último, el auténtico.

 

ARTE, FALSIFICACIÓN, LIBERTAD Y DEMOCRACIA

Y en su casa... tampoco está a salvo: el vecino invade su intimidad con su ruido, no sólo de día sino también de noche, aparte de que quizás el viernes o el sábado el baile público a unos pasos de su morada le impida dormir, leer, ver televisión o estar a gusto, pues no es sino hasta las dos o tres de la madrugada que el escándalo cesa.

¿Acaso es democrático que la gente que quiera quietud, no desee en todo momento música o goce con la música buena, tenga que sufrir la preferencia mayoritaria por el ruido que substituye o falsifica el arte musical y literario?

¿No sería más equitativo que hubiera silencio y que cada quien escogiera entre charlar con el prójimo, oír un casete en su aparato portátil, leer un libro, revista o periódico o concentrarse en sus pensamientos?

Colofón: el ruido no sólo lesiona el sistema nervioso y produce sordera, sino además -dice con acierto la filósofa barcelonesa Encarna Bailón- “es el síntoma de una enfermedad que afecta el sistema democrático de convivencia”.

 

DOS CASOS CONCRETOS DE FALSIFICACIÓN MUSICAL

Vale la pena llamar a escena a un antiguo y ameritado universitario del antiguo Colegio y Universidad de San  Nicolás-Hidalgo, don José Valdovinos Garza (q.e.p.d.), escritor costumbrista muy prestigiado sobre todo en su oriundo Michoacán y compañero -a principios de este siglo- en el bachillerato del insigne cardiólogo, humanista y educador don Ignacio Chávez.

 

LOS NABORES

Pues bien, don Pepe Valdovinos, además político -del entonces partido oficial- visionario, honesto y honrado, causas por las cuales nunca hizo fortuna, contaba que a mediados de los años cincuenta del siglo,pasado, cuando la influencia política de los hermanos Nabor (rector de la UNAM) y Antonio (secretario de Hacienda) Carrillo Flores financiaba con fondos públicos las fantasías musicales de su padre, el violinista potosino Julián Carrillo, un trabajador modesto de la propia Secretaría de Hacienda murmuró con vehemencia y sinceridad en una tarde tequilera, frente a sus amigos, el comentario siguiente: “¡Qué caros nos salen estos Nabores!”.

Quizás el comentario se fundó, inconscientemente, en la letra de una canción popular de aquella época la cual terminada diciendo: “Nabor... Nabor el de la orquesta”.

Pero permítaseme abundar un poco sobre don Antonio Carrillo, indudablemente un hombre talentoso y con grandes conocimientos jurídicos en materia administrativa, constitucional y fiscal, pero además famoso porque, como siempre llegaba tarde en las ceremonias en donde acudía el presidente -en turno- de la república, se abría paso a codazo limpio para estar siempre a su lado, según lo atestiguan numerosas fotografías de 1930 a 1970.

Dese usted una idea del dispendio, señor lector: nada más en lo que se refiere a pianos, se mandaron construir ¡quince especiales! que fueron adaptados para los devaneos carrillistas y, con ellos, se dedicó don Julián a dar dizque conciertos en Europa y Estados Unidos.

 

EL SONIDO 13 Y EL SONIDO ENÉSIMO

La teoría del sonido 13, lucubrada por los desvaríos fantasiosos de Julián Carrillo, se inició en 1895 cuando se dio cuenta que si doblaba una cuerda de su violín por la mitad, daba un octavo superior en cada ocasión.

Más tarde dividió el trecho entre las notas la y sol y halló dieciséis sonidos diferentes que, en años posteriores, resultaron -en la octava- 4 mil 640, es decir, 37 mil 120 en las ocho octavas, de donde resultó el sonido 13 pues hasta ese entonces sólo se reconocían o manejaban doce. Luego, escribió veintiocho libros sobre temas de música, en uno de los cuales incluye ¡13 mil 300 escalas basadas en semitonos!

Valdría la pena confrontar la idea de Carrillo con la tesis de Paul Hindemith (1895-1963), compositor alemán neoclásico y de quien se dijo que era “puro reflejo del romanticismo”: “Sólo existen doce tonos. Hay que tratarlos con cuidado”.

Volvamos a don Julián, quien voluntariamente quiso pararse en los más de 37 mil sonidos y 13 mil escalas y no seguir porque, de acuerdo con su idea del infinito musical ¡hay tantos sistemas musicales como números existen!

Lolita Carrillo, hermana de los Nabores e hija de don Julián, se dedicó ya profesionalmente a tocar en el piano algunas de las composiciones hechas con el sistema de su padre, el sonido 13, por ejemplo: el estreno en Bruselas (1958) del concierto para piano de tercios de tono, con la orquesta del Instituto Nacional de la Radio y, en 1960, el concertino para piano de dieciseisavos de tono, este último tocado en Tejas con una orquesta dirigida por Leopold Stokowsky.

Hoy, al iniciarse el siglo XXI ¿quién se acuerda de las composiciones de Carrillo, qué orquesta las toca en algún país del mundo, quién busca o compra discos con su dizque música y qué estación de radio o televisión las incluye en su programación?

No hay problema alguno para contestar rápida, sencilla y verídicamente las cuatro preguntas: nadie, ninguna, nadie y ninguna.

Pero el despilfarro se hizo a costa del dinero de los mexicanos y las locuras de este potosino, buen violinista pero falsificador del arte, quedaron ya en el olvido.

 

LA MÚSICA ELECTROACÚSTICA

Otro caso notable es el del también buen violinista de Guadalajara, México, Manuel Enríquez Salazar: estudió nada menos que con el organista vallisoletano Manuel Bernal Jiménez y con Ignacio Camarena, así como en la prestigiada Escuela Juilliard, de Nueva York, donde obtuvo (1955-1957) una maestría de composición, música de cámara y violín; fue concertino de la Orquesta Sinfónica de Guadalajara, violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Herrera de la Fuente, director del Conservatorio Nacional, director del Centro Nacional para la Investigación, Documentación e Información Musical y director -de Música- del Instituto Nacional de Bellas Artes, además de haber obtenido también, en 1971, la beca Guggenheim-Princeton para estudios en Nueva York y haber demostrado ser un solista excelente pues de él es el violín que se oye, casi como sonido único, durante toda la excelente película mexicana llamada Yanco, rodada en el bosque de Nativitas en Xochimilco, entonces a salvo de los depredadores -paseantes o comerciantes- actuales que cada día que pasa lo aniquilan más.

Pues sí, su talento y su preparación son indudables, así como su producción musical pero, su gusto musical se torció y.... retorció. Véase:

Enríquez compuso: 24 obras de música de cámara, 15 para orquesta, 4 de música para cine, 5 para violín o piano y orquesta, dos para solista (voz) y 8 para piano y teclado (órgano o clavicémbalo). Aparte, tres de ¡música electroacústica!

 

CHILLIDOS Y CAÑONAZOS

OBERTURA 1812

Muy bien, sólo que... Oiga usted, señor lector de CONSERVATORIANOS, cuando Enríquez introduce chillidos, bramidos o rugidos de animales o ruidos altisonantes de índole diversa, presuntamente reproducidos por instrumentos de percusión pero que parecen causados por cacerolas, martillazos en el yunque o aldabonazos en una puerta.

Después, señor lector, platiquemos y lleguemos a un acuerdo sensato, racional, estético, artístico y musical y, quizás, tengamos la misma sensación: la música de Enríquez no produce placer, ensoñación ni deleite, sino rechazo y deseo de dejar de oírla o ¡no volver a escucharla nunca jamás!

Escúchense los cañonazos de los ejércitos ruso y francés o los tañidos de las campanas de los templos y torres de las murallas del Kremlin que incluye Tchaikowsky en la partitura de su bella y vibrante Obertura 1812 (Ouverture solenelle, 1812, opus 49), compuesta para recordar cuando el zar Alejandro I defendió Moscú del ataque de las tropas del emperador Napoleón I que fueron vencidas por el general Invierno, como les sucedió más de cien años después en Leningrado a las hordas hitlerianas.

Ahora, compárese dicha Obertura con el ruido dizque musical de Enríquez y se constatará que, no sólo hay 150 años de distancia, sino también un siglo de años-luz de belleza y solaz estéticos y perfección artística.

         También puede hacerse una comparación con Sergei Rachmaninov, quien incluyó en su estudio número cinco para piano (casi en puras teclas negras), el sonido de los campanarios moscovitas que, aunque fuertes, son armónicos, bellos y coherentes.

 


HUGO FERNÁNDEZ DE CASTRO

Profesor titular B de carrera, tiempo completo, de la UNAM, Plantel 2 de la Escuela Nacional Preparatoria y Facultad de Medicina. Articulista de Uno más uno y Excélsior.

hfdec@hotmail.com

 

conservatorianos@hotmail.com