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  Conservatorianos No. 10 (noviembre-diciembre) 2006
 

Conservatorianos conmemora el XC aniversario de su nacimiento

 UBERTO ZANOLLI

(1917-1994)


 GIACOMO FACCO

(1676-1753)


 

 

Orquesta Sinfónica Nacional

 

 

Orquesta Filarmónica de la UNAM

 

Cartelera UNAM

 

 

Orquesta Sinfónica de Minería

 

Sugiere un sitio

 

 

Universo de El Búho

 

Junio de 2007

Peritaje * Registro de obras * Defensoría jurídica autoral

 

Arte y Cultura Digital: Diseño editorial * Multimedios * Web * Hospedaje * Registro de derechos de autor y marcas

 

* * * NUEVO * * *

Digitalización de documentos

 


Fondo sonoro:

 

Sobre las olas

del músico conservatoriano mexicano

Juventino Rosas

(Fragmento)

 

Elaboración orquestal de Uberto Zanolli

 

Orquesta de Cámara de la Escuela Nacional Preparatoria -UNAM (1987)

 

         

 

  Reflexiones académicas

 

Entrevista con

René Avilés Fabila

GLORIA DE LAS LETRAS MEXICANAS

Y HOMBRE DE LA CULTURA UNIVERSAL

¿Por qué escogiste precisamente a la literatura y no a otra de las artes?

Eso lo he pensado varias veces. A mí me impresionaban mucho los violinistas y los pianistas, sin embargo no hubo nada a mi alrededor que me acercara a un piano. Es un instrumento muy costoso, con un buen violín ocurre lo mismo, y a nadie se le ocurrió ponerme cerca de la música. La escuchaba, había discos de buena música pero a ninguno de mis padres les interesó aproximarme a ella, en cambio, ellos me acercaban a los libros, el sólo hecho de ver a un hombre en tu casa que escribe, que hace libros, impacta. Por ejemplo, a un costado de la Alameda había una librería famosa que se llamaba La Pérgola y allí mismo había un restaurante. Era una librería que pertenecía a Rafael Jiménez Siles, que se había asociado con Martín Luis Guzmán para hacer empresas editoriales, y allí me acuerdo haber visto exhibidas novelas de mi papá y su foto en la vitrina, en el aparador, lo que me impresionó mucho. Yo creo que esas son las cosas que lo marcan a uno. Tal vez si mi papá hubiera sido futbolista y lo hubiera visto en la sección de Deportes de Excélsior, a lo mejor hoy sería árbitro de futbol y no escritor, para mí era más fácil por tanto ser escritor. Déjenme decirles también algo muy importante, a las niñas les gustaba mucho que uno fuera distinto, cuando yo les decía que quería ser escritor y cuando empecé a escribir, a ellas les encantaba leer las primeras cosas que yo escribía. En pocas palabras, nada hubo que me condujera fuera de la literatura. Intenté la oratoria, que no es ningún arte sino una imbecilidad y fracasé, y si mal no recuerdo, en el primer año de secundaria, en la Escuela Secundaria No. 1, tuve mi única experiencia musical, el maestro de música resultó ser además un director de coros y nos hizo a todos pruebas de voz, pero yo fracasé estrepitosamente, mi voz no daba para ser un niño cantor de Viena ni de Xochimilco, tal vez de Morelia.

 

 

¿Cuál consideras que sea la obra literaria más representativa de René Avilés Fabila?

Yo creo que la más representativa está en mis cuentos, en mis cuentos fantásticos, la gente compra más algunos libros míos que están dentro de la literatura amorosa o dentro de la literatura política como El gran Solitario de Palacio, que narra desde mi punto de vista cómo fue la «matanza de Tlatelolco», matanza que presencié y de la que fui testigo. La literatura amorosa me gusta, me siento bien dentro de ella, pero realmente tampoco me siento muy ligado a ella, a mí me gustan los cuentos fantásticos que escribo y que están agrupados por el Fondo de Cultura Económica en un volumen que se llama Fantasías en carrusel, que organicé temáticamente: los cuentos de mitología, los cuentos de temática religiosa, los cuentos de fantasmas, los oficios perdidos, en fin, a mi me gusta mucho escribir ese tipo de cuentos, el problema es que quizás es un tipo de literatura al que el mexicano no es muy afecto, no ve con mucha simpatía. El mexicano es un lector de literatura realista en el mejor de los casos; de toda Latinoamérica no cabe duda que sólo los argentinos han cultivado con esmero la tradición fantástica por su cercanía con Europa, con Francia, con Alemania, con el Centro de Europa, y a mí me gusta, me siento ubicado de modo natural. Yo nunca he querido dejar esa literatura donde hay elementos irreales, donde hay fantasmas o seres sobrenaturales. Todo eso en general me gusta mucho, es la literatura con la que de alguna manera me eduqué, leyendo cuentos de hadas, leyendo cuentos aparentemente infantiles porque Alicia en el país de las maravillas no es una novela para niños, pueden ellos leerla pero indudablemente es una novela que exige un mayor esfuerzo de comprensión, y lo mismo ocurre con los cuentos de Oscar Wilde, no son cuentos para niños, él no pensó en ellos sino en adultos, pensó en lectores agudos, inteligentes, sensibles. Creo que esta literatura que rara vez escribo ya, porque pareciera que me he dejado más guiar por una demanda de literatura realista, amorosa, que por los cuentos fantásticos, siento que es la que mejor me representa. Son más de 350 o 400 los cuentos que ya llevo escritos en esta línea de tendencia fantástica. Algunas son observaciones, reflexiones, otros son apólogos, fábulas, cuentos de ciencia ficción; hay una gran variedad, pero en todos está presente el reino de la creación, de la verdadera literatura, donde la imaginación juega un papel importante. Es decir, donde hice un ejercicio intelectual, yo sé que suena pedante, lo otro como que uno lo toma con más sencillez de la realidad de la vida inmediata, pero esto no, esto es literatura que viene de la propia literatura, que viene de leyendas, de autores que para mí han sido muy importantes como Edgar Allan Poe y Lovecraft, de fabulistas como Samaniego y otros más, pero que me representan, que yo los leí con mucho entusiasmo y que los sigo releyendo. Si la pregunta fuera qué rescataría de lo que he escrito antes de morir yo escogería un puñado de cuentos fantásticos, las otras obras francamente no.

 

 

¿Y de ese puñado, cuáles serían los tres que escogerías?

Yo creo que los cuentos de corte bíblico, aquellos en los que he recreado la Biblia, en donde la rehago, valga la osadía, pues son cordiales, amables, simpáticos, tienen mucho sentido del humor. Recuerdo la reacción que provocó cuando en el viejo Búho del periódico Excélsior publiqué «El diario de Noé», en donde este personaje va contando cómo ocurre realmente toda serie de enormes desaguisados dentro del arca. Para empezar al tipo se le olvidan animales, no entran por ejemplo los dragones, los pegazos, toda una serie de animales realmente mitológicos pero que yo doy por sentado que sí existieron y que desaparecieron con el diluvio universal porque a Noé se le olvidaron. Además, sabemos bien los que hemos leído la Biblia que a Noé le gustaba el alcohol, bueno, pues ello ha de haber contribuido a su mala memoria, pero además sólo hay que imaginar un arca en donde hay cientos, miles de parejas de animales, se da la promiscuidad, la suciedad, se crean grandes conflictos casi de orden social. Todo aquello resultó muy divertido y mucha gente me habló, me escribió y hasta me mandó aportaciones. Luego escribí otro cuento para aquella serie, sobre cómo fue el combate entre David y Goliat, yo di unas medidas y una señora me habló y me señaló que estaban mal porque la Biblia decía que eran otras. Sí, le dije, pero esas medidas son imprecisas... hoy en día, por ejemplo, no sabemos cuánto es un codo, además de que depende del tamaño del codo o del pie, según sea. Ella aceptó que era una broma. Agregaría también los cuentos de oficios perdidos, porque fue un gran trabajo de corte intelectual, para el que primero reuní todos los oficios realmente significativos que podían tener un provecho literario con objeto de desarrollarlos y contar por qué desaparecieron: por qué desaparece el deshollinador, por qué aparecen y desaparecen los gladiadores, piratas, zurcidoras de medias, organilleros, domadores, cazadores, en fin, hasta los campesinos, como si eso fuera un oficio. Son series que a mí me gustan, pero hay algunos cuentos de fantasmas que también rescataría, particularmente un cuento largo que se llama algo así como «Fantasmas y materialismo dialéctico», en donde hago la mezcla de lo que yo estudié y leí de marxismo, de materialismo dialéctico y de la existencia de los fantasmas, puesto que nadie que sea materialista puede aceptar la existencia de fantasmas, pero resulta en el cuento que ellos hacen su aparición en la Unión Soviética, delante de los comunistas y se hace entonces un desorden político, económico, social. Esos cuentos me gustan mucho, los cuentos son realmente fábulas que están dentro de los primeros textos que escribí, y miren, no me acuerdo cómo escribí ciertos capítulos de mis novelas que se han vendido más, pero en cambio sí recuerdo perfectamente algunos cuentos, como uno que es una variación sobre un tema de Kafka, y que así le puse, porque me impresionó mucho leerlo. Tendría unos diecinueve años, veinte tal vez, no se leía tanto en esa época. Estoy hablando de los años sesenta, se leía poco, porque además la izquierda latinoamericana influenciada por el PECUS, por la Tercera Internacional, por el realismo socialista, había dado directrices de qué autores podía uno leer y cuáles no porque eran cosmopolitas o capitalistas o simplemente para consumo de la burguesía, estupideces de esa magnitud. Así, cuando lo leí descubrí un autor muy afín a mí, y lo que inmediatamente se me ocurrió fue realizar una variante con la idea de hacer otras más sobre temas de Kafka. Le llevé ese cuento a Juan José Arreola, a quien le gustó mucho y me dijo: «Eso ya lo intenté yo y no pude», a lo que le respondí:  «Maestro, qué barbaridad, bueno, usted porque no hizo el esfuerzo...», pero en realidad yo tampoco lo pude, realmente no avancé mucho más. Esos pues, creo que son los cuentos que a mí me gustan, cuentos que me sugirió un cuadro, una sinfonía, la lectura de otro cuento o de una novela, y que casi nunca provienen de la realidad inmediata. Debo advertir que yo veo a la Biblia como un texto literario, no soy una persona propiamente creyente, pero disfruté la lectura de ella y las explicaciones tal vez muy sencillas que mi abuelo me daba, todavía tengo la Biblia que él me hizo leer, en fin... eso es lo que a mí me gusta.

 

 

¿Por qué se considera a RAF como un líder de opinión en materia de literatura política?

Yo creo que por tantos años de escribir en periódicos sobre temas políticos. Yo creo que es una apreciación generosa de su parte. Debo tener lectores, hoy por ejemplo en la grabadora tenía el recado de una señora que me felicitaba por mi artículo publicado en Siempre, aunque no supe a cuál se refería. Carlos Ramírez, que sí es un líder de opinión cabal, me habló para pedirme un artículo, supongo que hay quien me toma en serio y me cree. Yo he usado al periodismo exclusivamente para hacer la crítica política, nunca se me ocurrió alguna otra cosa, no lo uso para elogiar. Alguna vez un viejo crítico mexicano que fue director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, don Antonio Acevedo Escobedo, un hombre que yo aprecié y admiré mucho, me escribió una cartita muy linda donde me decía que a él le sorprendía que mis cuentos tan delicados  -refiriéndose sobre todo a los fantásticos- se encontraran hermanados por los artículos llenos de aversión al PRI, al Presidente de la República en turno, y así. Yo creo que después de casi treinta años de ejercer el periodismo de manera sistemática, escribir en periódicos importantes te da alguna reputación, algún prestigio, yo nunca he sido corrupto. No lo digo simplemente, creo que se puede comprobar, allí están mis artículos y la gente se da cuenta de cuándo un periodista se corrompe y cuándo no. Nunca he elogiado a nadie. Elogio en efecto, a poetas como Rubén Bonifaz Nuño o a periodistas como Juan Rejano que ya murió, pero a un político, me cuesta mucho esfuerzo y no lo logro. Yo creo que el periodismo sirve para orientar, para criticar al poder, sobre todo mi actitud en el periodismo es la de estar exactamente al servicio de una sociedad que por cierto nunca te lo agradece, pero ni remedio, son cosas que uno tiene que hacer.

 

 

¿Cómo se dio la formación literaria, periodística y política de RAF?

La formación literaria es la más antigua de todas, la inicié efectivamente de modo informal. Nunca tuve maestros de literatura, si acaso las orientaciones, las pláticas, las reuniones de taller con Juan José Arreola, con Juan Rulfo -sobre todo con este último-, y con algunos otros como José Revueltas, como el autor de Canek, Ermilo Abreu Gómez. Realmente son contados los escritores con los que yo hablé. Nunca por ejemplo hablé con mi padre de literatura, en fin, son contados. Esta formación vino más bien de una lectura directa, yo sólo busqué los libros, los rastreé, me metí a las librerías, preguntaba, intercambiaba opiniones con mis camaradas escritores de mi generación o un poco mayores.

He sido notablemente respetuoso con los mayores, algo extraño, lo que me ha rodeado de amistades y de afecto que también han contribuido para que me digan cosas, claro que a veces no he estado completamente de acuerdo. José Revueltas, por ejemplo, me hacía comentarios que no consideré pertinentes. Él me exigía una posición política más definida que no me interesaba ni me ha interesado adoptar. Así se da mi formación literaria, uno sólo y con sus libros, con los libros que te van alimentando, pero la formación periodística también viene de manera autodidacta, de pronto me dieron la oportunidad de escribir en periódicos. Yo necesitaba algo de dinero, estaba por casarme o recién casado y empecé a escribir, además es muy grato ver tu nombre en los periódicos y constatar que hay una reacción inmediata, de pocos, pero hay una reacción pues te comentan, te dicen. En una novela el proceso es mucho más largo. Fue así como me fui acercando a los periódicos y a los periodistas, aprendiendo día a día.

Hoy, curiosamente he terminado como profesor en la carrera de Ciencias de la Comunicación, dirijo el Seminario de Tesis de mis alumnos en la Universidad Autónoma Metropolitana, doy Géneros Periodísticos en la UNAM, en fin, lo único formal es mi orientación política. La vocación política sí la cultivé y para nada me ha servido. Es decir, cuando yo decidí hacerme marxista, empecé a leer, leer y  leer. Llegué a la Facultad de Ciencias Políticas donde maestros como Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, los González Casanova, Ricardo Pozas, Francisco López Cámara, un buen número de distinguidos académicos de aquella época que en ese entonces todos eran marxistas, quienes me acabaron de orientar o de hundir. Luego estudié la carrera de Ciencias Políticas, hice el posgrado en lo mismo y nunca dejé la militancia política. La mayor parte del tiempo estuve en el Partido Comunista, pero también milité con organizaciones trostkistas en México y sobre todo en París. Me era difícil estar con los trostkistas porque nos separaban muchas cosas, pero había también afinidades, sigo teniendo la impresión de que León Trostky es quien con más claridad habla de los problemas del arte y la literatura dentro del marxismo. Es quizás el pensador o uno de los pensadores clásicos más coherentes; para la mayor parte la estética marxista era de un gran simplismo, y consistía en ponerla al servicio del Estado, del Partido, al servicio entre comillas de las masas, darle un gran contenido político, hacer demagogia pura: calendarios, mala música, pésima literatura, siempre bajo los gustos personales de los dirigentes políticos. Esto no se puede, esto es antinatural en arte, donde la libertad juega un papel fundamental. Entonces, de alguna manera me quedé en esta parte también de la militancia y todo esto fue derivando al periodismo, y así he ido haciendo junto al periodismo cultural un periodismo político que es al que me refería hace un momento, que por lo menos trata de orientar mis juicios, mi crítica. Yo me sigo considerando, pese a todo lo que digan mis detractores, un hombre de izquierda, simplemente seguí el consejo de mi mamá, «ser comunista pero de altos ingresos».

 

 

En la vida pública, ¿has intervenido en el desarrollo de alguna obra cultural excepcionalmente trascendente?

Nunca me han tocado realmente las grandes hazañas, siempre que he estado en cargos culturales o cerca de personas que tienen proyectos de esta naturaleza nos ha detenido la crisis económica, los problemas presupuestales.  En México lo primero que se recorta en una crisis es justamente la parte cultural, las propias universidades públicas lo hacen, dejan la investigación y la docencia pero cortan recursos para la cultura. Así, con presupuestos francamente ridículos no se puede hacer nada. La cultura cuesta, es un precio que hay que pagar y el Estado tendría que hacerlo. En el mismo Partido Comunista tratamos de diseñar políticas culturales, estuve siempre encargado o fui responsable y copartícipe de todas estas ideas, pero tampoco cuajaron porque allí se privilegiaba todo lo político, de tal manera que si estoy lejos de algo, es justamente de las grandes hazañas. Siempre me he visto inundando de libros al país como José Vasconcelos, o al menos reparando las esculturas de la «Ruta de la Amistad», viendo cuáles faltan, cuáles se robaron, siempre tengo en mente este tipo de proyectos, me interesa formar orquestas. En alguna época fui designado para conducir la estructura cultural del Departamento del Distrito Federal pero ocurrió lo mismo, el problema del dinero. No obstante todo, puse mucho empeño en que la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, entonces dirigida por Enrique Batiz, fuera un estímulo para la Escuela de Música que teníamos en el Conjunto Cultural Ollin Yoliztli. En fin, participé haciendo planes y proyectos armónicos, pero siempre tuve la desgracia de que nada cuajara.

 

 

¿Cuál ha sido tu responsabilidad como escritor, literato, maestro y funcionario en el proceso de democratización de la vida nacional?

No lo sé, yo creo que otros podrían algún día ver qué tanto he contribuido. Probablemente como literato nada, la literatura es ajena a estos procesos en términos generales. Otros son los temas que por excelencia ella trata y en eso siempre procuro ser más yo, más cínico, más como realmente soy, más irónico. A mí la sociedad me merece un total y absoluto desdén, y allí lo muestro, en la literatura, y le echo la culpa a mis personajes. Por ejemplo, lo que la sociedad mexicana reconoce como grandes valores, en lo personal son muy discutibles, pero como periodista y como maestro, como académico que he sido toda mi vida, me he preocupado por orientar, por hablar de la democracia y ahora me encuentro infinidad de alumnos convertidos en médicos, en dentistas, en sociólogos, en funcionarios de alto nivel, aunque desgraciadamente todavía ninguno de ellos llega a la Presidencia de la República para ver si de alguna manera me honra el «miserable». Cuando me los encuentro me da mucho gusto que recuerden siempre que yo orienté, que critiqué, que dije, a veces con sentido del humor, otras muy molesto, según  el caso. En esta actividad sí siento que he jugado un papel, aunque modesto, de cierta amplitud, porque en treinta años o más que tengo como maestro -treinta y seis, para ser exactos-, han pasado miles de alumnos por mis manos. Unos terminan como mediocres vendedores de jabones pero otros se hacen gente de bien, supongo que de algo sirvió que les diera clases durante semanas, meses o años.

 

 

¿Qué acciones podrías proponer para preservar, promover y revalorizar las manifestaciones culturales en el ámbito nacional?

 

Uno puede dar opiniones a grandes rasgos, pero es muy difícil, porque hay que hacer un previo estudio de las condiciones socioculturales en que se encuentra el país y ver el peso que tiene la televisión y los medios de comunicación en general. El peso que tiene la cultura de Estados Unidos en tanto cultura dominante, cómo se han perdido los valores nacionales, la identidad, en fin, todo eso; hacer después una especie de catálogo cultural: qué tenemos, qué no tenemos. Ver las necesidades de los distintos estratos de la población, porque supongo que hay una gran cantidad de jóvenes a los que les gustan los reventones, que les atraen y divierten, pero no les educan. Y supongo que la buena música, la buena literatura, será parte del patrimonio cultural de otros estratos sociales. Habría que ver, conocer también las opiniones de los creadores. Organizar, dentro de esta enorme tradición cultural que tiene el Estado Mexicano como promotor, el caos del mundo administrativo de la cultura. Su crecimiento ha sido desmesurado, se ha convertido en una suerte de «elefante blanco» en donde se duplican funciones, en donde no se tiene preciso para qué funciona tal o cual cosa y al mismo tiempo se desprecian grandes manifestaciones artísticas como la danza.

La danza siempre es como el «patito feo», recuerdo que en alguna ocasión un funcionario me decía: «Bueno, bueno, a ver, René, si quieres un poco más de presupuesto para estas gorditas que levantan las piernas, pues bueno, te vamos a dar tanto más de dinero». En fin, es una tarea amplia, un problema complejo, confuso, habría que sentarse y discutir muchas horas. Hacer un gran movimiento en donde participe el mayor número de personas, pero bien conducidas, porque tampoco es cuestión de votación; no me gusta tampoco usar el término de revolución cultural, porque se asemeja peligrosamente a las demagogias de Mao Tse Tung, que tan costosas fueron para la cultura china, pero algo así.

 

¿Qué importancia tiene para un pueblo el conservar su cultura?

Yo creo que es toda. Pese a que los políticos son incapaces de entender este tipo de fenómenos, es obvio que las primeras manifestaciones del ser humano fueron artísticas. Un movimiento que se convierte en danza, el percutir un tronco hueco que se convierte en música, y cuando aparece el lenguaje, el contar historias, inventarlas, reproducir hazañas, explicar fenómenos naturales, hasta convertirse en literatura cuando aparezca el lenguaje. Esto es francamente anterior, tan viejo como lo que Marx llamaba «comunismo primitivo». En el comunismo primitivo debieron existir, antes que otra cosa, manifestaciones de tipo artístico; las pinturas en las cavernas, el arte rupestre, todo eso indica que el ser humano tiene una gran necesidad de cultura y que, claro, hoy en día es lo que nos ha permitido una identidad, una personalidad, una forma de ser. No obstante, yo considero que siempre hemos vivido en la globalización, pues Mozart no es exclusivamente un producto alemán, es también un producto nuestro, como lo son Beethoven, Goethe o Shakespeare, en fin, del mismo modo en que un Alfonso Reyes -por raro que pueda parecer- es patrimonio de otras naciones. El problema es que lo están haciendo de un modo muy abrupto, brutal, una globalización en donde no prevalece la cultura de Estados Unidos sino su subcultura. Eso nos está haciendo un gran daño, lo que quiere decir que es fundamental defender y rescatar lo más importante de la cultura nacional y luego mezclarla con la cultura de otros países. Eso es lo que yo en alguna parte de mis libros llamo la «ruta de Rubén Darío». Darío es un poeta muy local, de su región, pero que va creciendo, se hace latinoamericano, se hace norteamericano, se hace europeo, particularmente francés y de pronto produce la más grande poesía en castellano que también va a renovar poesías de otros países, como es el caso de Borges, en fin. Por allí veo las cosas. Tan es importante que sólo los pueblos que lo entienden logran avanzar. Vietnam del Norte, cuando estaba en plena guerra, zona que ocupaba militarmente, zona donde lo primero que hacía era establecer vínculos culturales, su teatro, su música, su danza, su literatura, con objeto de contrarrestar algo tan poderoso como lo es la presencia norteamericana materializada en un buen rock o unos espléndidos jeans.

 

 

¿Por qué nace y cuáles serían las expectativas de El Universo del Búho?

La revista El Universo del Búho nace básicamente, aunque parezca pedante, como una respuesta. Es una respuesta a un acto de censura y a la negativa de un montón de pintores, músicos, literatos que dicen: «No, se va René y nos vamos todos, y con lo que se pueda hacemos una revista». Me parece un lindo gesto, de una gran solidaridad. En esta revista están algunos de los más grandes nombres de la cultura nacional como Silvio Zavala, Premio «Príncipe de Asturias», que siempre me ha acompañado en todo esto. Están desde luego escultores de la talla de Sebastián; ahora nos han dado la portada gentes como Juan Soriano, Felipe Ehrenberg, muy distintos entre sí pero que les atrae el proyecto, que les atrae la revista. De tal manera, nace como respuesta a un acto de censura pero además como el deseo de preservar a un grupo que había encontrado una forma de expresarse dentro de un suplemento cultural.

 

¿Qué vinculaciones podrías establecer entre El Búho, El Capitán Lujuria y El Águila Negra con René Avilés Fabila?

El Búho es muy serio, el otro aparece todo el tiempo en mi vida. Yo estoy en la secundaria cuando decidí presentarme en alguna fiesta en mi personalidad de El Águila Negra, y lo de El Capitán Lujuria creo que sea mucho más reciente. Viene de unos veinte años, pero me parecieron como cosas muy graciosas que definían mi sentido del humor y mi poco respeto por los aspectos serios de la cultura. Entonces los uso, claro que la gente insiste. Hace unos días, en una presentación de la revista en la ciudad de Pachuca, un compañero dijo: «Aunque a René Avilés se le identifica con el búho, tiene los hábitos exactamente contrarios a los del búho. A las ocho de la noche René tiene sueño, a las ocho René está dormido, pero a las cinco de la mañana ya está trabajando». Lo otro es una parte que me divierte mucho, que me entretiene, supongo que ya dentro de algunos meses tendré que dejar de usarlo, pues ya pertenezco a una total decrepitud, pero creo que de alguna manera han representado estados de ánimo, actitudes ante la vida, el modo gozoso en que yo he enfrentado la vida. Piensen por ejemplo lo que significa para un marxista que de pronto se derrumbe todo el mundo en el que creyó, por el que trabajó toda su vida. Yo siempre por eso dije, me salvó el humor. Me salvó exactamente ser El Capitán Lujuria, El Águila Negra, El Vengador Justiciero y Luigi Valetti, ligador internacional, que será la personalidad que me va a quedar ahora que vaya a Corea.

 

René, tú eres un hombre lleno y rodeado de mujeres, ficticias, reales, pero hay dos mujeres principales en tu vida, ¿qué han significado para ella tu madre Clemencia y Rosario, tu esposa?

Mi madre me formó, me estimuló, me orientó y sobre todo me mantuvo hasta los 24 años, que no es poca cosa. Fui un niño muy difícil, complicado, yo creo que era muy embrionario esto de El Capitán Lujuria y El Águila Negra, hacía cosas verdaderamente atroces y mi mamá logró que yo estudiara. Y Rosario, empezó como una novia, como una muchacha que me gustaba en la Preparatoria, de la que me enamoré, y finalmente ha sido una gran compañera porque tengo la impresión de que es quien mejor me comprende, incluso mejor que mi mamá. Me es muy difícil por ejemplo pelear con ella, porque no se propone discutir, me desarma, literariamente aunque ella no escribe, pues no es escritora, me ha dado sus opiniones en cada novela, en cada cuento, en cada artículo. Ha sido una compañera ejemplar, lo que supongo me ha hecho no pensar en niños, o no pensar en las cosas que a mí me gustan como los perritos, los caballos y los coches.

Son ellas dos mujeres que aparecen constantemente en mis libros. Esto me lo hizo notar Griselda Álvarez, en un largo texto que escribió sobre Recordanzas, en donde decía que a pesar de ser El Capitán Lujuria y de mi pretensión de ser un fauno inagotable, en el fondo sólo estaban Rosario y la devoción hacia mi mamá. Yo no lo veo de forma tan dramática, pero es cierto, yo creo que son las mujeres que han estado en mis mejores y en mis peores momentos, y el resto de la familia, aunque le tengo afecto, nunca jugó un papel realmente. Eso es pues lo que ellas representan para mí.

 

 

Finalmente, de los reconocimientos nacionales e internacionales que has recibido, ¿cuál es el que cobra para ti un especial significado?

El Premio Nacional de Periodismo, porque de los poquísimos que criticaban a Carlos Salinas de Gortari en su momento de mayor poderío, de mayor represión y autoritarismo, yo mostré a lo largo de los seis años, e insisto, como se puede comprobar en los periódicos, una actitud totalmente antisalinista. Y él me tuvo que entregar el Premio Nacional que me dio un grupo de escritores encabezados por dos hombres que aprecio y quiero mucho, Rafael Solana y Edmundo Valadés. Un jurado de pares, de gente que yo respeto. Para mí fue muy impresionante de pronto recibir un premio que jamás esperé recibir, aparte de que era una buena suma de dinero, para mí era muy importante, y porque además me permitía mostrar a toda la gente que yo estaba en el camino acertado, en lo que a periodismo cultural se refiere. Creo que eso es lo que más me ha emocionado. Recuerdo que lo primero que hice fue irme a emborrachar con mi mamá, estábamos muy contentos los dos. Otras cosas ya no me conmueven tanto, quizá como me conmovió la aparición de mi primer libro, después de casi treinta libros, ya como que te da igual, entonces bueno, cada rato saco algo, me publican algo y ya.

 

 

conservatorianos@hotmail.com